La gran voz de la narrativa femenina de nuestro país, con más de 250.000 ejemplares vendidos, vuelve con La casa de huéspedes. Una espléndida saga de mujeres tan reales como la vida misma.

Por la autora de Las herederas de la Singer y La niña del sombrero azul

  • Título: La casa de huéspedes

  • Autora: Ana Lena Rivera

  • Páginas: 544

  • P.V.P.: 24,90 €

  • Fecha publicación: 9 de septiembre de 2025

La obra

La casa de huéspedes, de la escritora asturiana Ana Lena Rivera, es una conmovedora historia de madres e hijas que vivirán los reveses del amor, la amistad, la traición, la muerte y esos secretos que duran toda una vida. «Un puzle construido con la vida de muchas mujeres nacidas en la primera mitad del siglo XX», señala la autora en las primeras páginas de su libro, «mujeres que nunca pretendieron ser heroínas –continua diciendo–, pero que no les quedó más remedio que convertir su dolor en fuerza».

Como ya hiciera con Las herederas de la Singer y La niña del sombrero azul, sus anteriores novelas históricas, en La casa de huéspedes Ana Lena Rivera vuelve a demostrar su maestría para entrelazar los distintos avatares de la historia del siglo XX en España y en Europa –en el contexto de la Guerra Civil española, la ocupación alemana en Francia durante la II Guerra Mundial y los cuarenta años de la dictadura franquista en España–, con las vidas íntimas de unos personajes inolvidables donde el peso del relato recae en un puñado de valientes mujeres que luchan por sobrevivir, enfrentándose a pérdidas, exilios y silencios que atraviesan varias generaciones.

Una novela que –en palabras de la autora– «nace de la imaginación, pero también de la memoria», donde resulta fácil encontrar olores, sonidos, lugares comunes y todo aquello que habita en la infancia de muchos de los lectores incondicionales de Ana Lena Rivera,  Una emocionante saga familiar con trasfondo histórico que arranca en el Madrid de 1937 –en plena Guerra Civil– y que recorre gran parte del siglo XX –entre Madrid, Oviedo y la localidad francesa de Burdeos–, con dos grandes protagonistas, Elvira y Ángela, dos amigas que verán sus sueños truncados por las trágicas consecuencias que tiene en sus vidas esa cruel y absurda guerra entre hermanos.

La casa de huéspedes es, sobre todo, un relato sobre la fuerza de las mujeres en tiempos adversos, sobre las heridas heredadas y sobre la capacidad de reinventarse frente al dolor. Una novela coral sobre la pérdida y la reconstrucción, sobre los secretos familiares y la fortaleza femenina y sobre la necesidad de dar voz a quienes durante tanto tiempo permanecieron calladas. Una novela que combina con maestría el pulso narrativo de la ficción y el rigor histórico, y donde las decisiones personales, que muchas veces nacen de la culpa, el miedo o la esperanza, son capaces de moldear el destino colectivo e intergeneracional.

Escrita en primera persona, a través de una poderosa voz femenina que guía la narración, La casa de huéspedes es también un delicado equilibrio metaliterario, emotivo e íntimo, en el que una de las mujeres protagonistas, Caridad, escribe el relato biográfico de todas ellas, y es ahí donde los secretos guardados durante varias generaciones se revelarán, por fin –y no solo para el lector sino también para el resto de personajes implicados en la trama–. Así, la novela habla de la muerte y el exilio, de la pérdida de identidad, del silencio, del trauma y el dolor, de resiliencia en tiempos de adversidad, pero también de la memoria histórica y de la necesidad de reparar los errores, individuales y colectivos, para sanar y seguir adelante.

La casa de huéspedes es, en definitiva, un relato que recorre varias generaciones de mujeres, donde la autora recupera la memoria de todas ellas, hasta ahora silenciada por la guerra y la dictadura. «Es mi forma bonita de recuperar su voz», termina diciendo Ana Lena Rivera. Una trepidante y conmovedora ficción rigurosamente documentada que confirma a la asturiana como una de las voces más sólidas de la narrativa española actual.

Sinopsis

Madrid, julio de 1937. En el instante en que una bomba cae sobre un edificio del centro de la ciudad, cerca de la Gran Vía, las vidas de dos jóvenes vecinas cambian para siempre.

Elvira, cuyos padres regentan la casa de huéspedes ubicada en la tercera planta, se encuentra exiliada en Francia en el momento de la explosión. Sin embargo, la desaparición del hogar al que tanto anhela regresar supondrá un punto y aparte en su destino.

Ángela, la hija de los porteros de la finca, sí está cerca cuando el edificio donde ambas han crecido salta por los aires. Es entonces cuando toma una decisión de consecuencias imprevisibles: coge en brazos al bebé de unos huéspedes que acaban de fallecer bajo los escombros y huye, decidida a reinventarse bajo otra identidad.

A partir de ahí, sus caminos discurren por sendas muy distintas. Elvira vive la soledad del exilio y la nostalgia del hogar perdido, mientras Ángela afronta el peso de un secreto que condicionará toda su vida. Entre ambas, un destino común, el de las mujeres que sobreviven en silencio, cargando sobre sus hombros las consecuencias de una guerra que arrasa no solo ciudades, sino también familias enteras.

Nada hace pensar a Elvira y a Ángela que sus caminos volverán a cruzarse, ni que otra casa de huéspedes será el lugar de encuentro para una nueva generación de mujeres, herederas de esas ausencias y esos silencios, que, igual que ellas, deberán aprender a convertir el dolor en fuerza y a sobrevivir con la frágil esperanza de un futuro mejor.

Personajes

Elvira

Hija de los dueños de la pensión madrileña Casa Flora, destruida en 1937 por el impacto de un obús sobre el edificio. Vive la experiencia del exilio en Francia, a donde es enviada junto a su madre antes de comenzar la guerra. Su vida está marcada por la nostalgia, la pérdida, el dolor y la necesidad de reconstruirse.

Ángela

Hija de los porteros del mismo edificio donde está la pensión. Es amiga de Elvira, aunque no soporta la diferencia de clase que las separa. Su decisión de huir con el bebé que ha sobrevivido al impacto del obús determina su destino y el de generaciones posteriores.

Margarita

Entroncada por parte de padre con la poderosa familia asturiana Acebedo, su identidad se convierte en el eje sobre el que giran las vidas de Ángela y Elvira.

Fania

Hija de Elvira, Fania compartirá con Margarita no solo amistad y trabajo, también a Fernando, el hombre más importante en la vida de ambas.

Caridad

Amiga de Fania y luego también de Margarita, estará con ellas en los momentos importantes de la vida. Con alma de periodista, escribirá la historia de todas ellas, en un intento desesperado de que prevalezca la memoria y el silencio dé paso al sonido del corazón.

Extractos de la obra

«No hay bombas que puedan con la memoria: aunque todo se derrumbe, lo perdido sigue viviendo en el recuerdo».

«Mi cabeza vuelve a la guerra, pero no a las actuales, sino a la que sufrían los españoles cuando Margarita llegó al mundo. Yo no la viví porque nací en el año 44, en plena posguerra, no como Marga, que llegó al mundo al inicio del horror, pero conocí a familias rotas por el dolor y he escuchado tales barbaridades sobre las crueldades, las torturas y los asesinatos atroces que se cometieron entonces que me siento incapaz de imaginar la magnitud de su desesperación».

«Elvira y su madre abandonaron Madrid rumbo a Francia en 1936, poco antes de empezar la guerra, con el mismo destino que Carmen Polo y Carmen Franco, la esposa y la hija del general Francisco Franco. España estaba muy revuelta. Los piquetes obreros llevaban meses campando por las calles, cada día se cometían nuevos asaltos a casas de empresarios y, aunque la familia de Elvira no pertenecía ni mucho menos a la élite, eran los propietarios de un hostal, Casa Flora, donde ya se habían producido varios altercados entre huéspedes de diferentes ideologías».

«Aquella bebé tranquila, ajena al caos que se vivía a su alrededor, era incomprensiblemente esperanzadora. Casilda cambió a la pequeña de pecho y Ángela permaneció a su lado para acompañarla mientras terminaba de alimentarla. Se enteró así de que doña Obdulia, la suegra de María Casilda, era una de las mujeres más ricas de Asturias porque su marido era descendiente de indianos. Al parecer, en la segunda mitad del siglo XIX, los Acebedo habían hecho fortuna en La Habana y, al volver, fundaron Industrias Acebedo, una compañía que aglutinaba sus inversiones en diferentes negocios, desde la importación y exportación de bienes hasta el carbón y la sidra».

«Sin pensarlo, Ángela abrió la maleta de Casilda, sacó el joyero y algunas ropas y, con las manos temblorosas, lo metió todo en la bolsa de la niña. Respiró hondo para calmarse, cogió a Margarita y huyó de allí. Se cruzó con doña María, la vecina del piso principal, la primera en salir al ver que no seguían cayendo bombas. Escuchó que la llamaba, pero no se detuvo. Cuando dejaba atrás la calle Montera, en dirección a la estación de Atocha, vio llegar a los bomberos».

«Mientras Ángela se convertía en María Casilda en Asturias, Elvira vivía su primer amor en una Francia libre, moderna y despreocupada. Fue su tío quien le presentó a Allan Bribois el día que ella fue a llevarle a la oficina un portafolios que había olvidado en casa. Once años mayor que ella, Allan tenía una sonrisa cautivadora y buena planta, además de una exquisita educación y un futuro prometedor en la Marie Brizard».

«Flora, como tantas otras, no sobrevivió. Los daños que sus torturadores habían infligido en su cuerpo, la extenuación por las interminables jornadas de trabajo inhumano y la falta de alimento acabaron con su vida cuatro meses después del asesinato de su futuro yerno, sin saber que iba a ser abuela. Tampoco supo que su futura nieta era hija de un nazi. Ni ella ni nadie, porque Elvira dejó que todos creyeran que el bebé que esperaba era de Allan. Lo único que contó de la fatídica mañana en que las atraparon los nazis fue que había conseguido escapar de sus captores».

«La guerra que devolvió a Elvira a España terminó poco después de su marcha. En agosto de 1944, los soldados de las SS continuaban capturando a judíos escondidos, entre otros, a una desconocida Anne Frank y a su familia, pero se retiraban de Burdeos sin batallas ni liberaciones épicas».

«La derrota de los nazis también marcó un antes y un después en Industrias Acebedo. Mientras Elvira se preguntaba cómo iba a salir adelante, la familia Acebedo recuperó la prosperidad de antes de la Guerra Civil. Nicanor no era un visionario que supiera sacar provecho de las circunstancias extraordinarias. No fue capaz de reconocer las oportunidades que representaban los conflictos bélicos para las empresas, pero en una situación de estabilidad, y sobre todo en una nueva sociedad en la que la clave para triunfar era saber quién era quién y de qué lado estaba, Nicanor sabía moverse mucho mejor. Si bien carecía de visión estratégica y olfato empresarial, le sobraban contactos».

«Los primeros huéspedes que alojó Elvira fueron una madre y una hija de la cuenca minera. A María Emilia el médico del pueblo le diagnosticó tuberculosis tras varios meses de encontrarse cansada, demacrada, con tos y poco apetito. Toribio, su padre, trabajaba en la mina de picador y atendía por las noches un pequeño bar en el valle de Turón, muy frecuentado por los mineros de la zona. Carmen, su esposa, era la que se encargaba del negocio durante el día. En la mina se jugaban la vida a diario y machacaban la salud, pero cobraban suficiente para que las familias no sufrieran el hambre que azotaba otras zonas. El matrimonio, entre los jornales de Toribio y el bar, consiguió acumular unos ahorros. Gracias a ellos podían permitirse llevar a María Emilia al neumólogo más prestigioso de la capital».

«No sé cuántas veces he encendido y apagado la tele ya. No me concentro. La noche se me hace más larga de lo que se me hizo la tarde. El silencio me produce sensación de soledad. Me dedico a contarle cosas a Marga para conjurarla y porque, aunque me han asegurado que no es así, a veces tengo la sensación de que me oye. Creo que atisbé una sonrisa al contarle cómo nos conocimos Fania y yo en el parvulario. Es sutil, pero podría jurar que su expresión cambia cuando le hablo del pasado, a pesar de que tiene los ojos cerrados y no puedo ver esa mirada vivaracha y decidida que contaba más de la verdadera Marga que la apariencia de docilidad y paciencia tras la que solía ocultarse».

«Ángela intentó recordar sin éxito algún detalle que le indicase si la pequeña estaba o no bautizada. Entre sus papeles venía el libro de familia, pero nada referente a su bautizo. Todos lo dieron por hecho, pero lo cierto es que no tenía ni idea. ¿Y si no era así? ¿Y si a Alfonso y a María Casilda no les había dado tiempo y se descubría al solicitar la fe de bautismo de Marga? Si no aparecía, ¿cómo explicar que había tenido a la niña en pecado original hasta entonces? No tendría forma de justificar que, siendo su madre, no lo sabía».

«Hablamos tanto de Luis aquella noche que durante muchos años soñé con él a pesar de que entonces ni siquiera lo conocía. Pero yo no pensaba en Luis como hombre, sino como periodista. Me imaginaba a mí misma a la caza de la noticia, pasando una noche aquí y otra allí, y vendiendo mis reportajes a diferentes diarios, tal como hacía él. Con solo diez años, no sabía que no había mujeres que firmaran artículos en los periódicos españoles y que la mayoría de las niñas, aunque se formaran para ejercer una profesión, antes o después renunciaban a su carrera laboral para casarse y cuidar de los hijos. Algunas lo hacían obligadas por las normas laborales y la presión social, pero otras elegían el matrimonio porque en eso consistían sus sueños».

«Llevo casi una hora repasando lo que he escrito para Fer y Violeta. De tanto en cuanto, si se trata de recuerdos felices, se los leo en voz alta a Margarita. Me ayuda escuchar algo en este trance, aunque solo sea mi propia voz. Sé que Marga se está esforzando por no marcharse hasta que lleguen y creo que así se le hará más amena la agonía».

«Esa noche, Ángela la pasó en vela, con sudores fríos y espasmos de puro terror. Seguía sin saber qué era la torta del Casar, pero estaba segura de que no era un dulce. Se enteraría al día siguiente en el ultramarinos, pero eso no borraría la expresión de Fernando y Eleonora cuando escucharon de su boca aquella frase en apariencia banal que acababa de complicarle la existencia. Quizá la excusa de Fernando había convencido a Eleonora, pero ¿y él? Estaba claro que sospechaba; si no, no se habría sentido obligado a salir en su rescate, y Fernando era un hombre listo e interesado, además de su abogado y su casero. En ese momento, la pasión que las calabazas de Fernando no habían conseguido apagar se convirtió en algo parecido al miedo».

«Una persona casada era mucho más difícil de cuestionar por su orientación sexual, sobre todo si era mujer, pues las mujeres acostumbraban a ser más cercanas entre ellas, se las consideraba más propensas a las sensiblerías y, por ende, al contacto físico. Si Marga cedía a la debilidad de mostrarse tal cual se sentía ante alguien, la respetabilidad de un buen matrimonio, sumado al hecho de ser una Acebedo, la protegería de los rumores maledicentes».

«En una ciudad de poco más de los cien mil habitantes que poblaban Oviedo entonces, era tan fácil encontrarse como no cruzarse nunca. No hubiera sido extraño que Elvira y Ángela coincidiesen en cualquier lugar del centro, en el mercado del Fontán o caminando por la calle. Que lo hicieran Eleonora y Elvira era menos probable. Vivían en zonas alejadas, pertenecían a diferentes clases sociales y se codeaban con gente que nada tenía que ver entre sí. Sus hábitos diarios no podían ser más distintos. En cambio, fueron precisamente ellas las que se encontraron por casualidad».

«¡Qué noche más larga! Con la morfina, Margarita descansa tranquila y a mí los minutos se me hacen horas, así que he puesto la tele. Con el mute, eso sí, porque dan noticias y no quiero que escuche cosas tristes. Según los subtítulos de los informativos, parece que convocan una huelga general por el día de la Mujer para pedir que se mejoren las condiciones laborales de las mujeres hasta igualarse con las de los hombres. Cuando Fania y yo empezamos nuestros estudios de Secretariado administrativo en el mes de septiembre de 1962, hablar de igualdad entre hombres y mujeres era peligroso, anticristiano y socialmente reprobable, y lo de que los trabajadores cesaran la actividad sin consecuencias no era un derecho, sino un delito».

«A principios del año 1964, cuatro meses después del fallecimiento de doña Obdulia, España se convirtió en una aparente fiesta para conmemorar los veinticinco años del final de la Guerra Civil. Mientras la Comunidad Económica Europea daba calabazas a su solicitud de ingreso, Franco inauguró la campaña «25 años de Paz» en el Valle de los Caídos, ante las cámaras de televisión, acompañado por los principales miembros del Gobierno y por los príncipes don Juan Carlos y doña Sofía. El país se llenó de vallas publicitarias, competiciones deportivas, concursos y exposiciones de carteles que mostraban una España próspera, unida y en paz que recorrían villas y ciudades. Incluso se celebró un sorteo especial de la Lotería Nacional».

«Elvira dio muchas vueltas a la conversación con doña Eleonora. Si la madre de Margarita era la hija de sus antiguos porteros, también era la única que podía contarle más acerca de las últimas horas de su padre».

«Margarita salió del cuarto, culpándose por haber tenido tan poco tacto al recordarle a su madre aquel suceso que, a la vista estaba, la seguía afectando hasta el punto de no poder hablar de él. Al poner un poco de clavo de olor y anís estrellado a la manzanilla para prepararle una infusión, le vino a la mente la tarde de la acupuntura en Casa Flora y la mirada de advertencia que su madre le lanzó a Elvira cuando esta la llamó Ángela y la trató de tú. Se preguntó si el repentino malestar que sentía ahora su madre no tendría algo que ver con aquello».

«Si el cambio en la regulación legal de las adopciones fue el detonante para que Fernando y Margarita iniciaran la búsqueda de una nueva forma de convertirse en padres, la noticia en la prensa en el verano de 1970 sobre la nueva Ley sobre Peligrosidad y Rehabilitación Social envalentonó a Fania para soñar con un futuro con su jefe. La legislación equiparaba la homosexualidad al vandalismo, al proxenetismo o al tráfico de drogas, y la penaba con el internamiento en centros de reeducación. Fania tenía intención de presionar a Margarita para que dejara ir a Fernando. Cada vez eran más los matrimonios que se separaban y rehacían su vida fuera del sistema legal. Sobre todo siendo ella, y no Marga, la que iba a darle un hijo a Fernando».

«Noto que Violeta se sobrecoge al ver a su abuela inconsciente en la cama, tan pálida y con ese intenso olor a flores muertas que hace horas que desprende. Conozco a Fer lo suficiente como para saber que él también está impresionado, pero disimula. Margarita respira lento, con un sonido agónico. Cuando se acercan, emite un quejido agudo, como si quisiera llamar su atención».

«Las mujeres callaban, pero su silencio sostenía al mundo».

La autora

ANA LENA RIVERA nació en Oviedo en 1972, aunque desde hace años vive en Madrid. Licenciada en Derecho y Administración y Dirección de Empresas, desarrolló su carrera profesional en el mundo de los negocios hasta que finalmente decidió dar alas a su gran pasión: la escritura.

Inició su trayectoria literaria con una trilogía noir compuesta por Lo que callan los muertos (2019), que mereció el Premio Torrente Ballester, Un asesino en tu sombra (2020) y Los muertos no saben nadar (2021). Con Las herederas de la Singer (Grijalbo, 2022) y La niña del sombrero azul (Grijalbo, 2024), la autora inauguró una nueva etapa en su andadura editorial, que se afianza con La casa de huéspedes.

Si necesitas el dossier completo, contacta con anna.turon@penguinrandomhouse.com

De Las herederas de la Singer, la crítica dijo

«Una deliciosa novela […]. Como Fannie Flag en Tomates verdes fritos, la autora rompe la narración temporal e intercala personajes y épocas de forma desordenada para conectar las experiencias de Aurora, Águeda, Ana y Alba. Una vieja máquina de coser, portadora de un terrible secreto que acabará revelándose, será el objeto que conecte a las cuatro protagonistas».

Revista ELLE

«Ni esta novela -ni ninguna- es para mujeres. Es para lectores ávidos de una buena trama».

Ana Ranera, El Comercio

«Una trama familiar que involucra a varias generaciones de mujeres. Ya solo por eso me interesa Las herederas de la Singer, de Ana Lena Rivera».

Paloma Abad, Vogue

«Una historia ambiciosa y coral que hará las delicias de los seguidores de la autora asturiana».

Luis Santillán, Cuadernos del Sur.

Diario de Córdoba

Sobre lo que callan los muertos

«Ana Lena Rivera exhibe un lenguaje fresco y contemporáneo, además de una gran habilidad a la hora de construir espacios cotidianos».

Jurado XXIX Premio Torrente Ballester